viernes, 16 de junio de 2017

LA FAMILIA CARTER, RECOLECTANDO LA PALABRA DE UN DIOS LLAMADO ESTADOS UNIDOS

Ada del Moral 
Efe Eme, 30/05/017


Los Carter nacen de los Estados Unidos, donde fueron a mamar leche y miel los más pobres de Europa. Dueños de la voluntad de los pioneros que aún les quedaban tan cerca, dan sentido al misterio de lavar la sangre del Señor de los pecados del hombre. Estaban en todas partes, como el Tom Joad de “Las Uvas de la Ira”. Paupérrimos y hacendosos. Rígidos y tiernos, cazadores de canciones y sustancia de fotógrafos a lo Dorotea Lange. Su estirpe nace en Virginia, más abajo de la línea Mason Dixon, donde los ciudadanos son sureños por gracia divina. Si los yanquis se quedaron con el esplendor y las fábricas, el Viejo Sur Torcido guardó el honor y su cultura brillante y resentida. Nunca dejaron de beber, comer, rezar, joder y, por supuesto, cantar, mientras sus muchachos alimentan la colina de la hamburguesa.

Alvin Pleasant Carter, de Poor Valley, bien pudiera haber sido uno de ellos. En los comienzos eran él y su esposa, Sara, de soltera Dougherty. Al dúo se uniría la prima Maybelle, casada con Ezra, hermano de A.P y madre de Anita, Helen y June. Al larguilucho A.P. no se le daba bien cosechar tabaco porque las canciones le tenían poseído. Gracias a ellas conoció la gloria y la miseria del hombre abandonado. Sara, gran voz de los Carter junto a su sobrina Anita, no aguantó a un tipo tan abstracto, empleado en salvar la música de los viejos tiempos en plena Gran Depresión, más que en alimentar a su prole. Lo logró a costa de su matrimonio. Su hija Jeannette le tomó el testigo al fundar el Carter Fold donde fue a apagarse un Johnny Cash que, literalmente, se pudría sobre la silla.


Devotos del Dios que perdona a sus imperfectas criaturas de sus caídas en Satán, ya sea en forma de sexo adúltero, pastillas y vanidad o por buscar quimeras en forma de baladas, los Carter nunca dejaron morir la llama. Desde las llanuras polvorientas a los orgullosos Apalaches, A.P. mal asumió su condición de paria sentimental en favor de aquellos diamantes que picaban tanto en los dedos como las espinas del algodón Delta Pine. A Sara se le agotaron la paciencia y el amor al tiempo que le resurgía la voz, prueba de que el Altísimo aprieta pero no ahoga, y jamás envía más dolor del que podemos soportar. A.P. se hizo profeta y siervo de aquellos sonidos que le necesitaban para sobrevivir. Sara abandonó al hombre, no al compañero musical, y lo merecía; la música siguió a su lado y lo merecía también. Más allá del desamor privado, los Carter son la esencia del country que escuchamos. Tuvieron el arte de conservarlo y enriquecerlo. Sus genes e impronta dieron el empujón definitivo a una música sublime, a menudo demasiado despreciada por paleta y rústica.

Jimmy Rodgers representa a la otra rama, la pecadora convencida. El yodell, ese aullido tirolés, suena demasiado a “pequeña muerte”, diría un francés libertino y sifilítico en algún burdel de Luisiana. Aún así, los reversos de la moneda se unieron en una grabación, con Jimmy tirado sobre un camastro y sin dejar de beber. Ah, inescrutables caminos del Señor. Los Carter, verdaderos warriors prayers, los asumen desde siempre. En tiempos de los romanos hubieran acabado devorados por leones, en el siglo XX abrazaron la música para difundir la fe y la gloria de antiguas canciones, que viene a ser lo mismo. Encarnan ‘Wilwood Flower’, ‘Carrry me back to the old Virginia’, ‘Can the circle be unbroken’ y un corolario de canciones de comunión con el prójimo y el más allá, sobre la profunda soledad, amistosas fiestas campestres, la conquista de la tierra baldía o frágiles cabañas azotadas por el viento. Nos enseñaron que el Río Jordán puede ser cualquiera donde librarse del pasado, que los trabajadores que cantan ‘The Great Speckled bird’ durante las misas de domingo mueven montañas y que nunca debemos romper el círculo protector de los afectos ni la creencia en una esencia superior pues la incomunicación y el vacío no forman parte de la naturaleza humana. Los Carter de la primera generación fusionaron bluegrass, country y gospel sureño aderezado con el color del afromericano, colaborador y amigo Lesley “Esley” Riddle, capaz de memorizar canciones a la primera e inválido hasta que A.P. pudo conseguirle una pata ortopédica. Su don y la amistad surgida entre ellos logró difuminar, durante la interminable segregación, las fronteras entre blancos y negros. Este mestizaje secreto hizo grande a los Carter, junto a la portentosa voz de Sara, el autoarpa —una suerte de cítara con rasgos de instrumento celestial y la caja de resonancia de una guitarra española—, el banjo y el punteo único de Maybelle.


Su sonido final, primitivo, evocador, agrestemente sacro nos conduce a los cimientos de una nación mestiza, hija del hambre, la avidez de oro y cobre, de la esclavitud y su rechazo, capaz de aglutinar su historia a través de la música y hacer de su conservación una cruzada aderezada por sus líos y los de sus adyacentes, desde el eterno amor fou de un Cash en el purgatorio anfetamínico al divorcio de Marty Stuart o la humillación a Carl Smith, el caballero country del tupé blanco que se quedó compuesto y sin June, redentora del Man in black, la más linda, graciosa y dueña de la peor voz de las tres Carter de la segunda generación, ya criadas en el Grand Ole Opry de Nashville y despedidas en el Carter Fold con un coro de mandolinas, autoarpas y acordeones para celebrar su integración entre los vagabundos, plantadores, esclavos, carpinteros, fabuladores, fuera de la ley, carpetbaggers, pioneros, indios en plena senda de las lágrimas, campesinos y señores, bandoleros, predicadores y muchachas viudas del cancionero salvado para siempre por los Carter, fieles a sus gentes y paisajes, ya fuera el escurridizo Mr Peer, su descubridor, o un viejo manzano solitario, pero sobre todo, leales a su propio espíritu indomable.

A tenor de su historia, la editorial Impedimenta acaba de publicar “La familia Carter” una excelente novela gráfica obra de Frank M. Young y David Lasky que retrata el nacimiento y consolidación de la aristocracia de la música popular americana.

martes, 13 de junio de 2017

JOHN COLTRANE: EL SAXOFONISTA QUE BUSCABA LA VERDAD

Rafael Narbona
RDL, 15/04/2016


Coleman Hawkins transformó el saxofón en un instrumento solista, asumiendo el desafío de componer e interpretar una pieza sin ningún acompañamiento. Necesitó doce horas de ensayo para grabar la versión definitiva de Picasso, una obra donde el saxo tenor divagaba algo más de cuatro minutos, con una inspiración y unos matices inauditos. John Coltrane fue más lejos y se atrevió a realizar solos de media hora. Después de escuchar el saxo de Hawkins y Coltrane, se disipa cualquier duda sobre la importancia de un instrumento que en sus orígenes desempeñaba un modesto papel en el vodevil o en bandas militares como sustituto del trombón.

Apodado «Trane», John Coltrane nació en Hamlet (Carolina del Norte) el 23 de septiembre de 1923. Nieto de sacerdotes metodistas, se familiarizó muy pronto con la música y los himnos religiosos. Su padre era sastre y, en su tiempo libre, tocaba diferentes instrumentos de cuerda. Su madre había realizado estudios superiores. Cantaba y tocaba el piano, pero una viudez prematura no le dejó otra alternativa que trabajar como criada. Después de servir en la Marina, el joven Coltrane se unió como saxo tenor a la big band de Dizzy Gillespie en 1949. Algo más tarde tocaría con Johnny Hodges y en 1955 lo contrataría Miles Davis para componer un famoso quinteto, que marcaría un hito en la historia del jazz.

Coltrane empieza a desarrollar su personalidad musical en esa formación legendaria. Participa en la grabación de Kind of Blue (1959), un milagro irrepetible que se grabó en condiciones deliberadamente atípicas. Miles Davis dejó casi todo en manos de la improvisación. Los músicos llegaron al estudio con simples bocetos de líneas de escalas y melodías. El pianista Bill Evans ha reconocido que acudieron bastante desorientados, confiando en el genio de Davis, que había ideado el original procedimiento. Comenzaron a tocar, sin otra guía que su propia intuición. Los resultados fueron espectaculares. No es cierto que Kind of Blue se grabara en una única toma. En realidad, sólo se aceptó como versión definitiva la primera interpretación de «Flamenco Sketches». No es poco.

En 1957, John Coltrane se incorpora al cuarteto de Thelonious Monk, donde prosigue su evolución hacia un estilo propio y definido, basado en armonías experimentales. En 1960 crea su propio cuarteto, por el que desfilan varios músicos, hasta estabilizarse con el pianista McCoy Tyner, el bajista Steve Kuhn y el batería Elvin Jones. Por fin graba su primer disco como líder solista: My Favorite Things (1960). La obra marca el comienzo de una relación fructífera con el sello Atlantic. El tema que da nombre al álbum es una canción popular alterada por un fraseo que intercala diferentes exposiciones de una melodía. A partir de un material sencillo y pegadizo, Coltrane logra ejecutar un tema de largo recorrido. Es su segundo éxito individual. El primero fue desengancharse de la heroína. Miles Davis lo había despedido, acusándolo de borracho, yonqui y sablista. Sus adicciones no se habían inmiscuido en la calidad de su trabajo musical, pero le habían restado credibilidad personal. Avergonzado, Coltrane se encerró en una habitación en la casa de su tía y superó el síndrome de abstinencia sin ninguna clase de ayuda médica o psicológica. Posteriormente evocaría esa vivencia en términos religiosos y morales: «Durante el año 1957 experimenté, por la gracia de Dios, un despertar espiritual que me condujo a una vida más rica, plena y productiva».



Sin el lastre del alcohol y la heroína, publica Blue Train (1957) y Giant Steps (1959), dos trabajos que enseguida adquirieron el reconocimiento de la crítica especializada. La secuencia armónica del tema «Giant Steps» refleja una enorme plasticidad, donde confluyen la intuición, el ingenio y el virtuosismo. El saxo tenor muestra toda su expresividad, describiendo insólitas piruetas y temerarias improvisaciones. El álbum Giant Steps contiene toda la grandeza del hard bop: influencia del blues, el góspel, improvisaciones, progresiones complejas, movimientos abruptos. Por otro lado, Blue Train es el primer álbum de solos de Coltrane, que escogió cuidadosamente los músicos (un sexteto) y compuso todos los temas, salvo uno («I’m Old Fashioned»), demostrando una enorme fluidez para moverse entre el blues y el hard bop. El blues era un estilo que le resultaba muy cercano, pues había pasado sus primeros años de carrera profesional en modestas bandas de rhythm and blues. El hard bop era su apuesta por el futuro del jazz, cada vez más libre y menos sujeto a cánones y convencionalismos. Blue Train es uno de los discos más representativos de esta corriente del jazz, que incluye una posición política de ruptura con el swing, un estilo conformista donde no se aprecia el sufrimiento de la población afroamericana. Conviene recordar que, en los años sesenta, la segregación racial era un muro casi infranqueable en Estados Unidos. En sus orígenes, el hard bop sólo encontró acomodo en locales nocturnos alejados de los grandes circuitos comerciales.

Desde su posición como líder de un prestigioso cuarteto, Coltrane trabajó para acentuar el protagonismo del saxo tenor. Cada vez más imaginativo y con una mayor soltura técnica, improvisa sobre secuencias de acordes prefijados. Su forma de tocar es una manera de tantear las posibilidades de su instrumento, estableciendo un diálogo entre la improvisación y la estructura que bordea la autodestrucción. Coltrane no piensa en términos de corcheas, sino que se plantea cómo encajar las notas en un compás antes de que comience el siguiente. En cierto sentido, recuerda a Charlie Parker, que en el famoso cuento de Julio Cortázar («El perseguidor») exclama: «Eso ya lo toqué mañana». Al igual que «Bird», Coltrane se debate con los límites del lenguaje musical y conceptual. Lo imposible sólo es una barrera lógica y el arte nace de un impulso irracional. El arte nunca es conformista y el artista siempre buscará el más allá en el dominio de la creación y la expresión.

A Love Supreme (1964), una suite dividida en cuatros partes, es un testimonio de la fe de Coltrane y de su potencial creativo, ya en la onda del free jazz y el jazz modal. Algunos la consideran su obra maestra. Es un álbum que recuerda a De Profundis de Oscar Wilde y que refleja una evolución cada vez más acusada hacia una música nada excluyente, donde se aceptan influencias de todos los estilos. A lo largo de su carrera, Coltrane recogió aspectos del flamenco («Olé Coltrane»), los ritmos africanos («Dahomey Dance») y la música india («Aisha»). Algunos consideraron que en sus últimos años (hizo su primera gira por Europa en 1961) se excedía en su afán innovador, desfigurando la música hasta convertirla en un caos ininteligible. Sin embargo, la perspectiva del tiempo impide sostener esta valoración. Coltrane es una de las figuras más brillantes del jazz, una música que nunca cesa de reinventarse, rehuyendo cualquier forma de estancamiento.


Coltrane nunca permaneció al margen de los acontecimientos. Tal vez su inconformismo tiene raíces genéticas. Los esclavos que se vendieron en Carolina del Norte procedían de Virginia y casi todos habían pasado por las manos de propietarios que se habían desembarazado de ellos por su carácter rebelde y conflictivo. El crítico Frank Kofsky entrevistó a Coltrane y le preguntó qué opinaba sobre Malcolm X: «Lo he escuchado hablar en público –contestó el saxofonista–. Y me impresionó mucho». En la misma entrevista, Coltrane se opuso a la guerra de Vietnam y atribuyó a la música una dimensión moral: «Para mí, la música es una expresión de ideales elevados. Entre esos ideales se encuentra la fraternidad. Si existiera fraternidad entre los hombres, no habría pobreza ni guerra».

El 17 de julio de 1967 se produjo el esperado desenlace de un cáncer de hígado que precipitó un deterioro visible en algunas de sus últimas fotografías. Murió en el Huntington Hospital de Long Island (Nueva York). Sólo tenía cuarenta y un años y se despidió del mundo sin poder realizar su sueño de visitar África, la nueva Jerusalén de los afroamericanos. Coltrane fue un innovador, con un gran sentido del riesgo, pero sus investigaciones nunca lo alejaron del sentido primordial de la música como lenguaje universal: «No es necesario que se entienda, la reacción emocional es lo único que importa». La música nunca dejará de evolucionar, pues no es un lenguaje estático, sino algo profundamente dinámico, que no conoce límites: «Siempre hay que imaginar nuevos sonidos, nuevos sentimientos que transmitir. Y siempre está la necesidad de mantener lo más refinados posible esos sentimientos y sonidos, de manera que podamos ver realmente lo que hemos descubierto en su estado puro, ver lo que realmente somos y poder transmitirlo».

Coltrane habría repudiado un análisis estrictamente formal de su legado: «Mi música es la expresión espiritual de lo que soy, mi fe, mi conocimiento, mi ser. Creo que la mayoría de los músicos están interesados en la verdad». Se ha especulado que intuía la proximidad de la muerte y que ese presentimiento lo empujó hacia posturas cada vez más arriesgadas en lo formal y más consistentes en el terreno moral y político. Es imposible saberlo, pero declaró que pretendía ser recordado como «una fuerza del bien». Indudablemente lo consiguió. Escuchar su música nos ayuda a recordar que el ser humano a veces se rompe por dentro para alumbrar belleza y hacernos temblar como un niño que contempla por primera vez el brillo de un saxofón en la oscuridad.

domingo, 28 de mayo de 2017

MURIÓ GREGG ALLMAN: UN GENUINO MÚSICO DE ROCK

César Pradines
Clarín,  28/05/2017

El fundador, junto a su hermano Duane, de la famosa banda The Allman Brothers Band falleció a los 69 años, en Georgia, a causa de un cáncer de hígado.


Falleció ayer, a los 69 años, Gregg Allman, músico y cantante que fundó con su hermano Duane, The Allman Brothers Band, uno de los grandes grupos del rock norteamericano. El comunicado del manager del artista, Michael Lehman, señaló que Allman murió pacíficamente en su casa, en Savannah, Georgia. El músico venía luchando contra graves problemas de salud, inicialmente, a raíz de una hepatitis C que lo llevó en 2010 a una operación de trasplante de hígado y que derivó en un cáncer de hígado posterior que habría sido la causa de su deceso. A todo ello se sumaba su prolongada adicción al alcohol y a las drogas.

Surgido en plena psicodelia, Allman logró conjugar una música que fusionó el blues del pantano con un fuerte acento rockero en el que tampoco faltaba el aroma country. Se acercó a la música en su adolescencia en Nashville, influido por Muddy Waters, entre otros, pero fue en Daytona Beach, Miami, donde comenzó su carrera musical con el grupo Escorts, que pasaría luego a llamarse Allman Joys. Autodidacta, con un potente talento como compositor, cantante, tecladista y guitarrista fundó con su hermano (fueron inseparables hasta la muerte de Duane, en 1971, a raíz de un accidente de motos) los Allman Brothers Band en mayo de 1969, en Jacksonville, Florida. La formación inicial incluyó a Dick Betts en guitarra, Berry Oakley en el bajo y Butch Trucks (quien se suicidó en enero de este año) y Jaimoe Johanson en baterías.

El grupo se radicó en Macon, Georgia en una casa comunal donde consolidó no sólo la música sino una fuerte hermandad que incluía drogas psicodélicas y un espíritu que creó un fuerte lazo de tono familiar. “Tocábamos diariamente hasta las 3 de la madrugada y siempre esperábamos la llegada de la ley, había más de un motivo para que viniese; creamos una fraternidad musical muy intensa”, explicó Allman en su autobiografía.

Tras sus dos primeros discos The Allman Brothers Band (1969) y Idlewild South (1969) con ventas que no superaron las 35.000 placas, el grupo decidió grabar su siguiente trabajo en uno de los santuarios del rock norteamericano, el Fillmore East, de Nueva York. “Nos dimos cuenta que nuestra fuerza estaba en las actuaciones en vivo; éramos un grupo donde las improvisaciones enloquecían a nuestros seguidores y en las que poníamos la verdadera naturaleza de nuestra energía”, admitiría Gregg años después del exitoso In Filmore East (1971).




La banda trabajó fuerte durante esos años; llegó a hacer unos 300 conciertos por año, lo cual les dio un nombre entre el público. La primera crisis de Allman fue la muerte de su hermano (un año mayor), en octubre de 1971, con sólo 24 años. “Aunque Duane era el corazón del grupo decidimos seguir; creo que no podíamos dejar todo sin más, aunque nos dimos algo de tiempo”, recordó el músico, que lanzó al año siguiente un disco compilación Eat a Peach.

En noviembre de 1972, el bajista Oakley moriría poco después de tener un accidente de moto casi en la misma curva donde había perdido la vida Duane; aún así la banda siguió. Lanzaron Brothers and Sisters (1973), quizás el mejor trabajo en la historia del grupo; un puñado de composiciones en las que Allman compartía la dirección de la banda con Betts, compositor de la maravillosa Ramblin’ Man. La banda se convirtió en la de mayor popularidad de los Estados Unidos.

Con diferentes músicos, el grupo lanzó luego trece discos, algunos muy buenos como Wipe The Windows, Check The Oil, Dollar Gas (1976), Shades Of Two Worlds (1991), An Evening With The Allman Brothers Band, 2nd. Set (1995) y Hittin’ The Note (2003), y algunos otros olvidables. Gregg, de todos modos, hizo su propia carrera solista entre 1973 y 2017, con nueve discos, entre ellos, su último trabajo Southern Blood, lanzado este año.

Gregory Lenoir Allman, nacido en diciembre de 1947, encarnó un auténtico arquetipo del músico del rock: graves problemas de drogas y de alcohol, seis matrimonios y una serie de muertes violentas a su alrededor. En los años '70 la banda lo trató de soplón y hasta llegaron a amenazarlo de muerte cuando testificó contra su manager, a quien condenaron a 75 años de prisión por un pesado asunto de drogas. En los últimos años, Allman se mantuvo activo musicalmente y su carrera se benefició con una desconocida estabilidad emocional. En una de sus últimas entrevistas, en 2009, y luego de un show que tuvo a Eric Clapton como invitado admitió: “Por fin me estoy divirtiendo con lo que hago”.

En su mensaje a la prensa, su manager lo despidió así: “He perdido a un querido amigo, a un brillante pionero en la música. Un alma amable y gentil con la mejor risa que he oído. Todos lo vamos a extrañar”.


sábado, 20 de mayo de 2017

EL AGUJERO QUE SE TRAGÓ A CHRIS CORNELL

Pablo de Llano
El País, 20/05/2017
Rest in peace, black sun.

La viuda del rockero que se suicidó tras un concierto cree que las pastillas contra la ansiedad le hicieron perder el juicio

En pleno impacto por la muerte del músico Chris Cornell, cantante de los grupos Soundgarden y Audioslave, que se ahorcó en el baño de su hotel tras ofrecer un concierto en Detroit (EE UU) el miércoles por la noche, su esposa Vicky Cornell publicó un comunicado en el que calificó de “inexplicable” su suicidio. “Yo sé que amaba a nuestros hijos y que nunca se hubiera quitado la vida conscientemente por el daño que les haría”, dijo. Sospecha que su marido perdió el juicio al excederse con su medicación contra la ansiedad.

“Cuando hablamos después del concierto noté que balbuceaba. Estaba diferente. Me dijo que tal vez se había tomado un Ativan o dos de más”. Vicky Cornell, segunda esposa del músico y madre de dos de sus tres hijos, se preocupó y después de terminar la llamada pidió que alguien confirmara que se encontrase bien. El autor de la exitosa canción Black Hole Sun (Agujero negro solar), de 52 años y una de las figuras de la generación grunge, la respuesta nihilista de los noventa a la deriva comercial del rock, fue hallado, difunto, con una cinta alrededor del cuello.

Kirk Pasich, abogado de los Cornell, se quejó de que se esté dando por sentado que el intérprete tomó la decisión de suicidarse y reiteró que la familia tiene la convicción de que “no sabía lo que hacía”. Chris Cornell había superado hace un década su adicción a las drogas, el mismo problema que acabó con varios contemporáneos suyos del grunge –el más famoso, Kurt Cobain, que se pegó un tiro en 1994–. El vocalista de Soundgarden, que en su día contaba que había estado “luchando siempre contra la depresión y el aislamiento”, tomaba el fármaco Ativan, un medicamento contra la ansiedad y el insomnio que, según Pasich, puede llegar a tener como efectos secundarios “pensamientos paranoides o suicidas, balbuceo y alteración del juicio”. Según la agencia Reuters, Pfizer, fabricante de la medicina, declinó hacer comentarios al respecto.


Vicky Cornell no mencionó ninguna anormalidad en el comportamiento de su marido en los días previos a su muerte. El domingo voló a su hogar para pasar con su familia el Día de la Madre y el miércoles, después de estar un rato con sus hijos, salió hacia Detroit para el concierto. Antes de la actuación habló por teléfono con su mujer de sus planes para tomarse unas vacaciones a fin de mes. “Su muerte es una pérdida para la que no encuentro palabras (…). Era mi mejor amigo”, escribió ella en el comunicado. El abogado indicó que los Cornell permanecen a la espera de los resultados del análisis toxicológico.

Asistentes al último concierto de Chris Cornell han escrito en los medios sobre las impresiones que les dejó el cantante. Los análisis resultan confusos. En USA Today, por ejemplo, se afirma que “era obvio que algo iba mal” y que el vocalista perdía la pista de las letras y parecía “débil”, “como si su cuerpo se hubiera vaciado de energía”; mientras que People lo describe con “más jubilo” del que acostumbraba. Se coincide, sin embargo, en señalar como un detalle agorero que el cantante, tras elogiar la cultura rockera de Detroit, dijera sobre el siguiente destino que estaba programado en la gira: “Me siento apenado por la próxima ciudad”.

jueves, 11 de mayo de 2017

MÚSICA CAJÚN: EL RITMO DEL SUR DE LOUISIANA



El cajún, el swamp y el zydeco, son los tres estilos musicales que definen la música tradicional de los estados del sur de Louisina, cada uno con sus peculiaridades y alguna similitud, y orígenes y trayectorias diferentes. En este artículo me voy a referir únicamente al cajun, probablemente el estilo que de los tres manifiesta una mayor vitalidad después de los intentos exitosos de sacarlo del olvido allá por los años 60 y 70, especialmente gracias al trabajo del violinista Dewey Balfa.

The Balfa Brothers

Para comprender los orígenes y desarrollo de este estilo musical, hay que hacer un viaje en el tiempo y adentrarnos en el terreno siempre fértil de la historia. En el siglo XVII empezaron a llegar a los territorios del actual Canadá, concretamente a las provincias de lo que luego se conocería como Nueva Escocia y Nueva Brunswick. Los contingentes de población francesa llamaron L’Acadia a ese solar en el que convivían con los micmac, una tribu autóctona de la que aprendieron la manera de sobrevivir en un entorno natural muy diferente del francés.

Lo malo del lugar es que ocupaba una zona estratégica en la disputa que mantenían franceses e ingleses por el control del Canadá, disputa en la que los Acadiens, cómo se les terminó por conocer (Acadians en inglés), se negaban a ponerse de lado de ninguna de las dos potencias continentales mientras desarrollaban su propia cultura y formas de gobierno, muy influidas por el ejemplo de los micmac. En el siglo XVIII, los británicos, que se habían hecho con el control del territorio decidieron poner fin a esa situación y mediante engaños, lograron reunir a un buen número de Acadiens a los que apresaron y enviaron en barcos hacia otras colonias británicas o los mandaron directamente a prisión, o de vuelta a Francia donde parece que no fueron muy bien recibidos al no haber prestado su ayuda al rey francés.
Beausoleil

Los que consiguieron escapar no vieron más solución que dirigirse hacia el estado de Louisiana, territorio que había sido descubierto en el año 1528 por el español Pánfilo de Narváez, y explorado por Hernando de Soto en 1541. Más tarde, a mediados del siglo XVII, el francés Cavelier de La Salle se hizo con el territorio al que dio el nombre de Louisiana en honor al rey Luis XIV. Allí llegaron los Acadiens en el año de 1718 para establecerse en la capital, Nueva Orleáns. Los avatares políticos hicieron que el estado pasar a manos españolas por medio del Tratado de París de 1763, volvió a Francia en 1801, y, finalmente, Francia lo vendió dos años más tarde a los Estados Unidos.

Con todo ese bagaje histórico detrás, no es extraños que los Acadiens, palabra que al ir degenerando se convertiría en cajún, nombre con el que se conoce a esa cultura particular que tiene sus propias manifestaciones lingüísticas (hablan una mezcla de francés antiguo, palabras aprendidas de los micmac, españolas –de hecho apellidos como Ortega y Romero se tienen entre los auténticamente cajún-, inglesas y alemanas), gastronómicas, arquitectónicas, culturales entre las que destaca con luz propia la música.



Música cajún

Entrando en harina, lo primero que destaca de este estilo musical es su estilo mestizo producido por la confluencia de elementos franceses, alemanes, españoles e indígenas, fundamentalmente. Es una música que se toca fundamentalmente para bailar, y por ello tiene unos ritmos alegres, vivaces, de esos que meten corriente en las piernas y ante los que es imposible permanecer impasible.

El instrumento fundamental es el violín, que llevaron consigo aquellos primeros colonos que llegaron a las costas canadienses, al que luego se unió el acordeón diatónico que fue la aportación germana, y a los que se unieron el triángulo y el washboard, es decir la tabla de lavar convertida en instrumento musical por la interacción con cucharas, y que en tiempos contemporáneos se ha convertido en un instrumento electrónico de metal que ya se toca de otra manera. En tiempos más recientes se han incorporado el bajo y la batería. Las letras podían tener un carácter improvisatorio, y entre estrofas se pueden introducir unos sonidos guturales que provienen de los indígenas con los que tuvieron contacto a su llegada al Nuevo Mundo, gigas y reels, y el canto sincopado de los esclavos africanos, son ingredientes básicos en esta amalgama musical.


Los ritmos fundamentales son de origen francoalemán y con influencias de estilos como el country. Como escribe Dirk Powell: “Es una música fuerte y apasionada que no evade una comunicación honesta y directa. Normalmente se toca para bailar, sea en casas tradicionales o en clubes más modernos. Casi todos los bailes son de dos pasos, valses o un estilo que se llama de un paso que tiene influencia del blues”.

Precisamente fue un violinista, Dewey Balfa quien acudió al rescate de la música cajún en unos años en los que este estilo prácticamente había quedado arrinconado por la potencia cultural hegemónica estadounidense. Entre los años 60 y 70, Dewey y sus hermanos se embarcaron en la tarea de dar a conocer la música cajún y ayudaron a poner en marcha el primer festival de esta música que se hizo en el estado en el año 1974, y que ha tenido una importancia fundamental en el renacimiento musical de esta comunidad.

Además de Dewey, otros músicos fundamentales con Harry Choates, Jimmy C. Newman, o el grupo Beausoleil, entre otros.