domingo, 12 de noviembre de 2017

EL SINDICATO BAILA: LAS PRIMERAS GRABACIONES DE LOS LOBOS

Daniel Salgado
Jot Down, noviembre 2017



Más o menos hacia 1987, el mundo descubrió el rock chicano. Toda la primera cara de la banda sonora de La Bamba, biopic sobre la corta vida del rocker Ritchie Valens, venía firmada por Los Lobos. La canción homónima sonó por doquier y se convirtió en carne de recopilatorio y festejos varios, tan socorrida como, por caso, «Come on Eileen» de Dexy’s Midnight Runners. Apenas otra banda del este de Los Ángeles —así titularon su segundo elepé en 1978—, en realidad Los Lobos eran un secreto a voces. How the wolf will survive? (1984) los había situado en el centro de la geografía del discutido nuevo rock americano. Y los más enterados habían advertido la potente singularidad de su propuesta: folclore mexicano americano electrificado, rock & roll mestizo, The Band se va por corridos, soul latino, música migrante. Su prehistoria, acústica, militante y orgullosa, sirve para trazar esa línea que viene del pasado y va al futuro de la que los músicos hablaban en el imprescindible documento audiovisual Los Lobos del Este de Los Ángeles.

Sí Se Puede! se llama el rastro fonográfico más antiguo del grupo de César Rosas, David Hidalgo, Louie Pérez y Conrad Lozano. Registrado en septiembre de 1976 y publicado al año siguiente, fue una grabación a beneficio del sindicato United Farm Workers of America (Campesinos Unidos de América). «Una antología de canciones originales compuestas por miembros reales de la UFW y por otros que han apoyado su lucha por la justicia y la dignidad en los campos agrícolas de América», rezan las notas del disco. En el que Los Lobos hicieron de banda de acompañamiento para las voces de Carmen Moreno, Ramón Tiguere Rodríguez, Gerre González, Raul Brambila, el coro infantil de la escuela Santa Isabel de Los Ángeles, la niña Diana Cruz o los hermanos Salas del grupo Tierra. El resultado, una obra de agitación y propaganda que utiliza los géneros populares de la música mexicana para informar a los obreros del campo sobre cómo resistir la opresión. La CNN de los chicanos, por parafrasear la definición del rap ofrecida en su día por Chuck D.

«Este álbum refleja el espíritu y la vitalidad que han sostenido a los campesinos en los buenos y en los malos tiempos», escribe en la carpeta César Chávez, legendario líder de la UFW, «celebra el amor y la solidaridad que compartimos y que siempre serán apreciadas dentro de nuestro movimiento». A ritmo de corrido, bolero o son jarocho, Los Lobos impulsan letras que llaman a la huelga, condenan a los esquiroles, ensalzan el papel de las mujeres en el campesinado organizado, recuerdan la resistencia indígena como antecedente de la lucha en curso o desafían a la patronal mediante la no violencia. «Viva la revolución / viva nuestra asociación / viva huelga en general // Viva la huelga en el fi / viva la causa en la historia / la raza llena de gloria / la victoria va a cumplir», expone el contagioso estribillo de «Huelga en general», cuya letra escribió Luis Valdez. Quien, por cierto, había creado El Teatro Campesino, componía para los cantantes del movimiento agrario y años después sería el cineasta encargado de guionizar y dirigir La Bamba.

Pero era 1976 y los campesinos migrantes e hijos de migrantes peleaban por sus derechos contra los propietarios de la tierra y la agroindustria en California. La United Farm Workers of America había sido fundada diez años antes como resultado de la fusión de dos sindicatos. César Chávez y Dolores Huerta encabezaron la nueva organización. «El sesenta y dos / se asoció con César Chávez / Y entre él y la Dolores / formularon una unión / que llegó a cambiar les leyes», dice el corrido que lleva su nombre, obra de Carmen Moreno, que continúa: «Y un dia en Arizona / la gente decía / “Ay Dolores, no se puede!” / La Dolores les contesta / “Esto sera nuestro grito / ¡Sí se puede! ¡Sí se puede!”». Canciones crónica que Los Lobos, con los que todavía formaba su misterioso fundador Frank Gonzáles, transportaban con energía de guitarrones, requintos, charangos, mandolinas, jarochos y vihuelas.

La épica de Chávez y Huerta fue contribuir a armar la UFW puerta a puerta, desde abajo. Autoorganización campesina. Y con esa herramienta, enfrentar el capitalismo estadounidense realmente existente: violencia patronal extrema, asesinato habitual de piquetes, inexistencia de derechos laborales. Eran los años setenta, cuando se edita Sí Se Puede!, y la virulencia reinaba en las calles. Pese a la represión, el sindicato adoptó oficialmente métodos de no violencia «inspirados en Gandhi y Martin Luther King Jr». «Apuntaron a la Huerta / César Chávez les decía / Vamos a ganar / esta huelga sin violencia / la revolución social / hay que ganarla con la paz / derramar sangre no es ciencia», explica el «Corrido de Dolores Huerta #39». No son solo periodismo los cortes de este elepé, sino manual de instrucciones, refuerzo ideológico, el baile al servicio de la comprensión de la realidad y la búsqueda de salidas a una situación inaceptable.

Sí Se Puede!, cuya grabación en los estudios de A&M Records facilitó el capo  —y músico de easy listening — Herb Albert, también contiene desvíos líricos de melodías populares. El son jarocho tradicional «Telingo Lingo» se convierte, en boca de César Rosas, en una advertencia solidaria: «Como estamos en huelga / no se puede comer uva / ni tampoco ensalada / por la huelga de lechuga / Telingo lingo lingo / telingo lingo la / qué bonitas las chicanas por acá». Y al «De colores» que abre el disco, cantado por los niños de la escuela Santa Isabel, se le integra una arenga sindicalista a cargo de Alfonso Tafoya. Aquellos Lobos del este de Los Ángeles, como eran conocidos desde su puesta en marcha hacia el año 1972, combinaban la militancia procampesina y migrante con bodas, banquetes, bautizos, asambleas estudiantiles, fiestas de jardín o restaurantes. Músicos de clase obrera, imbuidos del folclore de la raza, su siguiente elepé —Los Lobos del Este de Los Angeles o Just Antother Band from East L.A., de 1978— abandonaría el tono explícitamente político pero no el orgullo chicano ni las raíces acústicas.

Los Lobos también se habían educado en los sonidos del rock & roll. Y, hacia el cambio de década, inician su propio proceso de electrificación. Lo relata Carlos Rego en su monografía Nuevo Rock Americano, años 80. Luces y sombras de un espejismo. En 1980, abrieron un concierto para PIL, «la abrasiva banda que había puesto en pie Johnny Rotten tras el descalabro de los Sex Pistols», a propuesta de su amigo punk chicano Tito Larriva de The Plugz. El respetable, claro, no se lo tomó muy bien. Como aquellos legendarios 23 minutes over Brussels de Suicide como teloneros de Elvis Costello, a Los Lobos les costó aguantar los escupitajos. «Cuando los proyectiles comenzaron a ser sólidos, literalmente huyeron corriendo», expone Rego. Aquellos diez minutos resultaron decisivos. «En los camerinos nuestras familias no dejaban de llorar, pero nosotros teníamos una extraña risa tonta en la cara», recuerda Louie Pérez, «como si todos pensáramos “venga, hagámoslo otra vez, maldita sea”». Y optaron por recuperar las guitarras eléctricas que habían aparcado tras sus primeros devaneos musicales adolescentes. El minielepé …And a time to dance (1983) fue el brillante primer paso eléctrico de los del este de Los Ángeles. Solo La pistola y el corazón, publicado en 1988, recuperaría momentáneamente el eco de aquellos maravillos años folclóricos.

«A través de su carrera es posible ver Los Lobos de dos manera diferentes», acertaba a resumir un agudo bloguero que firma como Sgt. Tanuki, «como una banda mexicano americana tradicional que abraza el rock, o como una pandilla de rockers que abrazan la tradición mexicano americana. Ambas cosas son ciertas». Sí se puede! y su sindicalismo bailable permanecieron fuera de catálogo hasta 2014. Y, por supuesto, el rock chicano ya existía antes (Santana, Malo, Cannibal & the Headhunters, Sapo) de que Los Lobos grabasen su versión de «La Bamba» para el biopic de Ritchie Valens dirigido por Louis Valdez.

lunes, 6 de noviembre de 2017

NUGGETS: LAS JOYAS DEL GARAJE

Milos De Azaola
INMTK, 29/07/2013 

A mediados de los años 60 grupos británicos como los Beatles, los Rolling Stones, los Kinks o los Animals hacían furor, no sólo en el Reino Unido, sino también en Estados Unidos, por lo que fueron conocidos como “la invasión británica”. Como respuesta a esta “invasión”, en los USA de repente surgieron bandas de rock hasta de debajo de las piedras. Todos los jovenzuelos con inquietudes musicales, muchos de ellos todavía en el instituto, formaron su propia banda. Casi todos ensayaban en los típicos garajes de las casas americanas, de ahí que se conociese su música como garage-rock. En su mayoría eran bandas aficionadas, por lo que no destacaban por su virtuosismo musical, pero precisamente en su sencillez residía gran parte de su encanto. Muchos de ellos recurrían a versiones de temas conocidos o imitaban descaradamente el sonido de una banda famosa, pero la frescura y calidad de sus canciones eran innegables. Su medio de expresión eran los singles, eran pocos los grupos que llegaban a grabar un disco, y si lo hacían, no solían pasar del primero o el segundo.


En 1972, cuando ya había pasado el fenómeno del garage-rock, el crítico y músico Jenny Kaye y Jac Holzman, el fundador del sello Elektra, decidieron sacar un recopilatorio con algunas de las canciones más emblemáticas de estos grupos: el legendario Nuggets. En 1998 este recopilatorio fue expandido por Rhino, pasando a ser una caja de cuatro discos.

Algunas de estas bandas tuvieron un éxito fugaz (Count Five, Strawberry Alarm Clock o Sam the Sham & the Pharaohs), otras se convirtieron en bandas de culto tras la publicación del recopilatorio (los 13th Floor Elevators, los Electric Prunes o la Chocolate Watchband), y muchas pasaron sin pena ni gloria. Pero no todas las bandas eran americanas o británicas, en aquella época el garage-rock se convirtió en un fenómeno mundial. Las había de Alemania (los Monks, procedentes de una base militar), Irlanda (los Wheels), Holanda (los Outsiders), Canadá (The Guess Who), Australia (los Easybeats), Nueva Zelanda (The Smoke) o Brasil (Os Mutantes). Estas bandas fueron recopiladas en el Volumen 2 de los Nuggets, centrado en los grupos que no eran americanos.

En esta caja de sorpresas que son los Nuggets hay de todo: grupos que cogen sus nombres de La máquina del tiempo de H.G. Wells (los Elois) o de El Libro Tibetano de los Muertos (The Third Bardo), que se visten con siniestras capas de Drácula (Count Five), que se disfrazan de cosacos (los Golliwogs), de soldados de la época colonial (Paul Revere & the Raiders, New Colony Six), de monjes (los Monks), de jeques árabes (Sam the Sham & the Pharaohs), de guerreros africanos (los Strangeloves), de charlatanes del Oeste vendedores de pócimas milagrosas (los Charlatans), o que directamente son agredidos por sus pintas (los Squires). Grupos que protestan sobre la gente que te dice lo que tienes que hacer, lo que tienes que pensar, lo que tienes que comprar, cómo vestirte, cómo vivir tu vida (los Leaves con su tema Too many people), revolucionarios que hablan de anarquía (Tomorrow), que se burlan de la revista Life (The Idle Race), que le dedican una canción al cuerpo de bomberos (The Move), que se proclaman cavernícolas (los Groupies, los Troggs) o se hacen pasar por ingleses siendo de Texas (Sir Douglas Quintet), que se ven investigados por el FBI (los Kingsmen por su hit Louie Louie) o permanecen en el anonimato (The Magic Mushrooms, The Rare Breed), que se empeñan en imitar a los Beatles (los Knickerbockers) o a Bob Dylan (Mouse), que suenan insólitamente modernos (The Lollipop Shoppe) o aseguran que están cinco años por delante de su tiempo (otra vez The Third Bardo), que se adelantan al nacimiento oficial del rock duro (The Litter) o incluso al rap (The Elastik Band), que hacen perfectas canciones pop (los Easybeats) o blues mutante (Captain Beefheart & His Magic Band), o que directamente parecen salidos de otro universo (los 13th Floor Elevators, The Human Expression). Hay guitarristas que saltan sobre los amplificadores mientras tocan (Larry Parypa, de los Sonics), que graban las guitarras al revés (Ken Williams y James Spagnola, de los Electric Prunes) o hacen que su instrumento imite el mugido de una vaca (Ted Nugent, de los Amboy Dukes); cantantes que hablan sobre cómo perdieron la mano en un accidente (Moulty, de los Barbarians, que encima era batería), que recitan poesía alucinada inspirados por las drogas (Kim Fowley o Sonny Casella, de los Magic Mushrooms) o muestran una agresividad punk (Sean Bonniwell, de The Music Machine), etc.

Esta efervescencia musical duraría más o menos hasta 1969. Para entonces la mayoría de estos grupos ya habían dejado de existir o habían sido asimilados por la industria discográfica, convirtiéndose en algo inofensivo. Nunca volvería a repetirse un fenómeno como éste, por lo menos a escala tan grande. Si algo queda claro después de oír estos grupos es que éste fue uno de los períodos más cool de la historia del rock. Como dijo en su día el crítico Greg Shaw, lo bueno del rock es que cualquiera puede hacerlo, sólo es cuestión de ponerse. Lo que pasa es que esto no le hace ninguna gracia a la industria discográfica, claro, que quiere que sólo oigamos lo que ellos nos digan, por eso en su día les molestó tanto que los chicos se pusieran a hacer su propia música y se gastaron una fortuna en domesticarlos.

A continuación hacemos un repaso de los grupos más destacados que aparecen en los Nuggets (hablar de todos y cada uno de ellos sería una tarea fatigosa):


THE 13TH FLOOR ELEVATORS: psicodélicos gafados

Dicen que la psicodelia nació en California, pero no, si nos atenemos a la cronología resulta que nació en lo más profundo de Texas, un estado cuyas gentes nunca han sido famosas por sus mentes abiertas precisamente, sino más bien por sus miras estrechas. Por eso el hecho de que la psicodelia tuviera uno de sus puntos de origen aquí parece casi milagroso. ¿Los responsables de ello? Un grupo que bien podría haber venido de Marte: los 13th Floor Elevators. Su nombre ya es toda una declaración de intenciones: por aquel entonces los ascensores de Texas omitían la planta 13 por superstición, con lo que ellos daban a entender al oyente que le llevarían a territorios desconocidos… y puede que peligrosos. Y es cierto, escuchar su música es como introducirse en un extraño universo alternativo. Pero en la Texas de los años 60 no era fácil ser un joven contracultural, como comprobaría el grupo en más de una ocasión. En 1969, tras publicar tan sólo tres discos, comenzó el infierno personal para Roky Erickson, el cantante. Detenido por la posesión de un porro de marihuana, se enfrentaba a una pena de ¡diez años de cárcel! Para librarse del trullo, Roky optó por declararse mentalmente incapaz. Craso error: le ingresaron durante tres años en el Rusk State Hospital para delincuentes con problemas mentales. Allí fue sometido a una tortura de electroshocks y thorazina que le convirtió en un vegetal. Desde entonces, Erickson sólo abrió la boca para soltar frases inconexas y monólogos sobre vampiros, alienígenas y conspiraciones. Como puede verse, un caso al más puro estilo Jack Nicholson en Alguien voló sobre el nido del cuco. Los demás miembros del grupo no acabaron mucho mejor, como si de una maldición gitana por jugar con fuerzas desconocidas se tratase (¿tendrán razón los que dicen que el 13 da mala suerte…?). Al guitarrista del grupo, Stacy Sutherland, le mató su mujer en 1978 pegándole cuatro tiros.




THE AMBOY DUKES: los Duques de Detroit

Alguien definió acertadamente a los Amboy Dukes ccomo lobos con piel de cordero, ya que, aunque se apuntaron a la psicodelia hippy de la época, su sonido proto-heavy y su actitud de tipos duros no hacían pensar precisamente en flores, paz y amor. Los chicos de Ted Nugent eran los más salvajes del Detroit sixties antes de que apareciera Iggy Pop con sus Stooges, lo cual equivale a decir que eran de los más salvajes de todos los USA, ya que Detroit siempre fue la ciudad americana de sonidos más duros, tal vez por su condición de deprimente urbe industrial de la que los jóvenes necesitaban evadirse (y eso que entonces todavía no había llegado al grado de degradación al que ha llegado actualmente). Ted Nugent, que posteriormente se haría más famoso en solitario con su look neandertal y sus opiniones igual de retrógradas, era un guitarrista incendiario, capaz de hacer que su instrumento sonara como el mugido de una vaca en celo. El grupo tuvo su mayor éxito con la canción Journey to the Center of the Mind, una especie de boogie psicodélico cuyo título lo dice todo, y que dio nombre a su segundo disco. Además de este tema, en los Nuggets también hay una potente versión suya del célebre blues Baby please don’t go.
 

THE ELECTRIC PRUNES: las ciruelas soñadoras

Estos californianos tuvieron un par de éxitos notables en su época, especialmente con I had too much to dream (last night), un diamante en bruto de la psicodelia sixties con guitarras grabadas al revés. Curiosamente este tema no estaba compuesto por ellos, sino por dos chicas, Annette Tucker y Nancie Mantz, que compusieron la mayoría de las primeras canciones de las Ciruelas. Tal vez por eso la historia que cuenta la canción, sobre alguien que sueña con la persona que ama, es tan ambigua, ya que en ningún momento te aclara de qué sexo es esa persona; es una canción cuya letra vale para los dos sexos (Annette y Nancie compusieron canciones para otros grupos de garage de la época, como el I ain’t no miracle worker de los Brogues, también presente en los Nuggets). Las Ciruelas Eléctricas sólo duraron dos años, separándose poco después de grabar un mediocre disco conceptual que mezclaba música gregoriana y psicodelia (mala idea). Una de las pocas canciones aceptables de ese álbum, Kyrie Eleison, sale en la banda sonora de la película de culto Easy Rider, en la alucinógena y angustiosa escena del cementerio.



THE SEEDS: los Doors de segunda división

A mediados de los 60, Los Ángeles era un hervidero de ideas y caras nuevas. Sobrevivir en esa jungla era algo al alcance de pocos grupos: Doors, Love, Byrds… Pero “las Semillas” (de marihuana, se entiende) fueron capaces de hacerse un hueco en los escenarios angelinos y saborear las mieles del éxito en un par de ocasiones. Con su inconfundible voz y su genio compositivo, Sky Saxon fue el alma de los Seeds. De verdadero nombre Richard Marsh, Saxon nació en Salt Lake City, pero se trasladó a Los Ángeles al ver que los singles que publicaba en la ciudad de los mormones pasaban sin pena ni gloria. Al poco de llegar a California montó los Seeds, y su música pegadiza de estilo crudo hizo el resto. Cuando el grupo se quedó sin ideas, les dio por sacar un falso disco en directo (atención a los chillidos enlatados de fans desatadas, para mearse de la risa); además de inspirarse en el tema The End de los Doors para crear su tórrida réplica, 900 million people daily (all making love)… me pregunto de dónde sacaron la estadística para el título.



THE STRANGELOVES: los granjeros de la Gran Manzana

La de los Strangeloves es una extraña historia, ya que es uno de los pocos casos en la historia de la música pop en la que unos productores se meten a músicos, y no al revés. Y más extraño es el delirante cuento que contaban en las notas de su disco de debut: que el grupo estaba formado por los hermanos Miles, Niles y Giles Strange, que crecieron en una granja australiana y se hicieron ricos al criar una nueva raza de ovejas, lo que les permitió dedicarse a la música, disfrazándose de guerreros africanos e inventando el Afro-English sound (¡toma ya!) En realidad, los Strangeloves no eran australianos, y menos africanos, sino tres judíos de Nueva York llamados Bob Feldman, Jerry Goldstein y Richard Gottehrer, que hasta entonces se habían dedicado a producir y componer canciones para otros grupos. Después de protagonizar este curioso experimento musical siguieron con su carrera de productores, con bastante éxito.


THE CHARLATANS: los feriantes del rock

The Charlatans, pioneros olvidados de lo que se conoció como el “San Francisco sound”, se llamaban así porque se vestían como los típicos charlatanes de las películas del oeste que venden pócimas “milagrosas” a los ingenuos. La Codine de su canción más famosa era el nombre de su medicina particular (una forma ingeniosa de cantarle a las drogas, supongo). La medicina se vendió bastante bien, siendo objeto de todo tipo de versiones. A destacar la del grupo galés Man.


CHOCOLATE WATCHBAND: adictos al dulce

La Banda del Reloj de Chocolate (obsérvese el juego de palabras chorra) eran algo así como los Rolling Stones del sur de la bahía de San Francisco. Sus canciones, muy sexuales y potentes, estaban llenas de agresividad adolescente. La verdad es que pasaban de todo, menos de fumar porros, tomar ácido y ligarse a las tías, por lo que no duraron mucho en el negocio musical. Salen en un par de films cutres de la época (Riot on Sunset Strip y The Love-In), plagiando a otros y haciendo playback. Y su cantante, el latino Dave Aguilar, manejaba las maracas mejor que Machín. Con un par.



COUNT FIVE: los vampiros de California

Se llamaban así porque eran cinco y se vestían como el conde (count) Drácula; es un juego de palabras, ya que su nombre también significa Cuenta Cinco. El alma creativa de este grupo californiano era Sean Byrne, un chaval recién llegado de Irlanda. A él se le ocurrió la canción de amor no correspondido Psychotic reaction, que se convirtió en un hit. Pero, pese al éxito de la canción, al poco tiempo Count Five decidieron disolverse… ¡para terminar sus estudios! Increíble. Vamos, que sólo les dio tiempo de contar un éxito. Me pregunto si siguieron mordiendo cuellos en la universidad…


JOHN’S CHILDREN: los hijos bastardos de Shakespeare

Antes de hacerse famoso con T.Rex, Marc Bolan, el ídolo del glam, tenía un grupo llamado John’s Children. Estos gamberros vestidos de blanco, que por sus pintas parecían los primos de los Small Faces o unos duendes malévolos salidos de una obra de Shakespeare, estaban encuadrados en el movimiento mod. Sus  canciones más conocidas, como Desdemona o esa pequeña joya psicodélica llamada A midsummer’s night scene, estaban inspiradas precisamente en obras del bardo inglés. Con Desdemona intentaron ingresar en los charts, pero fueron censurados debido a que la letra, compuesta por Bolan, decía levántate tu falda y vuela (algo que puede resultar inocente hoy en día, pero que no se oía en la radio en 1967). Aunque Bolan estaba en el grupo, el cantante era Andy Ellison, que con su actitud salvaje se adelantó varios años al punk, tirándose sobre el público durante sus actuaciones. De hecho, años más tarde, Ellison montaría su propio grupo punk, Radio Stars, con el que volvería a grabar Desdemona.



THE KINGSMEN: los Enemigos Públicos Números 1

La historia de lo que les pasó a los Kingsmen con su único hit, la versión más famosa del Louie Louie, tiene su gracia. Muchas emisoras de radio se negaron a poner la canción por considerarla obscena. Las marujas malpensadas de la época estaban convencidas de que su incomprensible letra encubría relaciones sexuales entre el marinero de la canción y su novia. El colmo del absurdo fue cuando Matthew Welsh, gobernador de Indiana, prohibió la canción en todo el estado y solicitó un informe al FBI con la intención de prohibirla en todo el país (sí, eran otros tiempos). Resultado: el FBI investigó a fondo a los Kingsmen y analizó concienzudamente la canción, contrastando la letra con el argot de la calle durante 31 meses de investigación. ¡Increíble pero cierto! La conclusión a la que llegaron no es ningún secreto de estado: el FBI aseguró que la letra de la canción era completamente inofensiva. Pero el caso es que el grupo no conoció más éxitos…



THE LITTER: la basura de Minneapolis

“La Basura”, los tíos más duros y guarros del Minneapolis sixties, llevaron este nombre con orgullo como respuesta a los carcas que se metían con sus pintas. Y de paso se adelantaron un par de años al nacimiento oficial del rock duro con su abrasadora canción Action woman, single en noviembre de 1966 (curiosamente estaba compuesta por su productor, por aquel entonces colado por una chica que no le hacía mucho caso). A ver quién era el guapo que se metía con ellos después de parir semejante trallazo.



THE MAGIC MUSHROOMS: las setas alucinógenas

No se sabe mucho de “los Hongos Mágicos”, ya que permanecieron en un semianonimato: sólo que un tal Sonny Casella fue el alma del grupo, que el segundo guitarrista se llamaba David Rice y que eran de Filadelfia. Su single It’s-a-happening entró en las listas de los más vendidos y todo, aunque bien es cierto que sólo duró una semana, lo cual ya tiene su mérito, teniendo en cuenta que la canción es una marcianada psicodélica en la que Sonny se pone a recitar poesía alucinada ¿inspirado por los hongos mágicos? Les dio para dos discos más.



THE MONKS: los monjes-soldados

¿Qué puede hacer un grupo de soldados americanos destinados a una base militar alemana para matar el aburrimiento? Pues está claro: ¡vestirse de monjes, afeitarse las cabezas y tocar canciones-protesta troglodíticas! Ver para creer. Su disco Black Monk Time, publicado en 1966, se adelantó diez años al punk, tanto por la ejecución musical desmañada como por el feedback estridente de guitarra y las letras rabiosas con mala baba. Llamar música a su sonido minimalista y torpe tal vez es ser demasiado benévolo… el virtuosismo no era lo suyo, pero armar ruido y comportarse como unos cafres se les daba bien. Por supuesto acabaron dejando el ejército, pero no fue para meterse en un monasterio, sino para emborracharse y ligar con las alemanas. Como se suele decir, el hábito no hace al monje…



THE MOVE: los vanguardistas de la Ciudad Celestial

The Move eran los culos inquietos de Celestial City (Birmingham), y estaban liderados por el genio poeta Roy Wood, “el Rey del Bosque”, una especie de chamán del rock. Lo mismo le dedicaban un tema al cuerpo de bomberos (Fire Brigade) que le cantaban a la marihuana (I can hear the grass grow). Su puesta en escena, la más impactante y rompedora del momento en el Reino Unido (con la excepción de Pink Floyd), incluía televisores que explotaban y un hacha que se balanceaba de forma salvaje. Sólo ellos podían atreverse a empaquetar uno de sus singles con una caricatura del primer ministro Harold Wilson, lo cual no le hizo ninguna gracia a éste, que les llevó a juicio y se quedó con los royalties del single.



THE MUSIC MACHINE: los Hombres de Negro

Los miembros de este curioso grupo tenían todos una cosa en común: su pelo era negro, sus ropas eran negras, sus instrumentos eran negros y sus amplificadores… ¿adivinan? ¡Sí, también eran negros! Y todos llevaban un único guante de cuero, en vez de dos. Negro, por supuesto. Pero dejando a un lado su particular estética, su música era aún más radical. Tenían un sonido original y contundente que les hacía sobresalir por encima de otras bandas de la época, destacando la amenazadora voz grave del cantante Sean Bonniwell (que fue el visionario al que se le ocurrió todo lo del negro, por cierto). Su álbum Turn On es uno de los mejores discos de garage de los años 60.



SAM THE SHAM & THE PHARAOHS: los cachondos de la Quinta Dinastía

Banda de Memphis que arrasó con su mundialmente famoso Wooly Bully, tema pegadizo donde los haya, de esos que no pueden faltar en ninguna fiesta. Su cantante, Domingo “Sam” Samudio, era un latino que se vestía de rajá indio (de ahí la mítica cuenta en espanglis con la que empieza la canción), mientras que sus colegas optaban por disfrazarse de jeques árabes, así que lo de “Sam el Farsante y los Faraones” tiene su coña…



THE SMOKE: no sólo fumamos tabaco…

Grupo británico que cosechó más éxitos en el resto de Europa que en su propio país. Su tema más famoso, My friend Jack, fue censurado en el Reino Unido por verse en su letra una referencia al consumo de LSD, ya que la canción dice: “My friend Jack eats sugar lumps” (Mi amigo Jack come azucarillos… ejem). Pero en Alemania, que al parecer era más permisiva con esos temas, la canción se convirtió en un gran éxito, situándose durante 16 semanas en el 2º puesto de las listas. Viendo que ahí se les trataba mejor, su único disco salió solamente en el país teutón. (NOTA: no hay que confundir a este grupo con una banda de garage del mismo nombre, natural de Nueva Zelanda y también presente en los Nuggets).



THE SONICS: rompiendo la barrera del sonido

Su nombre lo dice todo: estos tíos rompían tímpanos. Entre los berridos psicóticos del cantante y que el guitarrista saltaba sobre los amplificadores se adelantaron unas cuantas décadas al grunge, siendo de la misma zona. Su canción The Witch sería la banda sonora ideal para una peli de terror descerebrado, y salvajadas como Psycho y Strychnine tampoco se quedan atrás. Por cierto, tanto para el nombre del grupo como para su sonido se inspiraron en las fábricas de aviones de su ciudad natal (Tacoma, Washington).



THE WAILERS: “castellanos viejos”

Colegas de los Sonics, y casi igual de ruidosos y salvajes que ellos, los Wailers (nada que ver con el grupo de Bob Marley de mismo nombre) solían armarla todas las noches en el club Spanish Castle, al que Jimi Hendrix acudía como espectador cuando sólo era un adolescente con granos. Más tarde, ya famoso, Hendrix le dedicó al club la canción Spanish Castle Magic… y es que ya avisa en la letra que este castillo no está en España. Efectivamente, estaba en el estado de Washington.


STRAWBERRY ALARM CLOCK: hippies prefabricados

Strawberry Alarm Clock se hicieron famosos con su hit Incense and peppermints, número uno en los USA de 1967 tras seis meses de intensa promoción. Con su nombre estrambótico, sus chillonas ropas orientales y sus letras sobre incienso y pastillas de menta (ejem), encarnaban el perfecto tópico hippy, aunque lo suyo era más una pose que otra cosa. Salieron en varias películas de la época, como Psych-Out, con Jack Nicholson y los Seeds. Curiosamente en los 70 su guitarrista, Ed King, entró en un grupo heavy formado por paletos sureños, Lynyrd Skynyrd, haciéndose famoso tocando Sweet Home Alabama. Las vueltas que da la vida.



lunes, 30 de octubre de 2017

10 HALLOWEEN NIGHT SONGS

Buscar rock que pueda servir de banda sonora de la noche de Halloween no es difícil. El rock siempre ha sentido desde sus inicios fascinación por lo tétrico y lo macabro. Las brujas, los vampiros, los frankensteins, los hombres lobo, los cementerios, las casas encantadas, los bosques impenetrables, los hechizos, los demonios, y demás parafernalia gótica abundan en las letras de esta música que tiene sus raíces en alguna oscura ceremonia de vudú en alguna zona pantanosa del sureste de los EE.UU. 



Y he aquí mi propuesta musical en forma de lista, del puesto 10 al 1, para la próxima noche de Haloween:

10. "Plunder the Tombs" de Fur Bible. Esta oscura pieza, a medio camino entre el punk y el psychobilly más sucio, en la que se incita a saquear tumbas era parte de un maxi-single firmado por Fur Bible, grupo formado por los ex miembros de Gun Club Kid Congo Powers y Patricia Morrison. La pieza no solo es oscura por el sonido y por las letras sino también porque es un disco raro y olvidado de una banda efímera que fue casi lo único que grabó.

Fur Bible (de izda. a dcha.): Kid Congo Powers, 
Patricia Morrison, Murray Mitchel, Peter -Desi Desperate- Kablean.

9. "Release the Bats" de The Birthday Party. Una de vampiros, o mejor dicho, de murciélagos, que tampoco suelen faltar en la noche de Halloween. Los australianos The Birthday Party también serían un grupo oscuro y poco conocido de no haber militado en él el gran Nick Cave. Adorados por los góticos de todas las latitudes, su sonido iba algo más allá del típico grupo after-punk y se adentraba en terrenos más experimentales. 



8. "Spellbound" de Siouxsie and the Banshees. Éstos, sin embargo, no necesitan presentación. Durante la década de los 80 fueron los más arquetípicos representantes del rock gótico británico junto con The Cure. Lástima que a diferencia de estos últimos los Banshees no soportaron bien el paso del tiempo y de las modas y cuando el rock dejó de cantar a cementerios y criptas, el público rehuyó a los Banshees. Aun así una pieza como "Spellbound" (hechizado) demuestra que Siouxsie y su banda eran expertos en hacer canciones llenas de densas atmósferas y fantasmagórica belleza.


7. "The Witch" de The Sonics. Pero como no solo de rock gótico se alimenta el espíritu de Halloween, aquí tenemos a una de las bandas de garaje más salvajes del northwest americano, The Sonics, con una tonada a una seductora hechicera que hace que Gerry Roslie chille como un cerdo degollado, en un tema que está a medio camino entre la sintonía de los Munsters y el rhythm and blues más anfetamínico. Indispensable para animar una fiesta de disfraces de Halloween. 



6. "Country Death Song" de Violent Femmes. Los Violent Femmes fueron únicos uniendo la música folk del midwest de los EE.UU. y el punk en todas sus vertientes, también en su vertiente más gótica. Y este tema de su segundo disco (precisamente llamado Hallowed Ground)  es buena muestra de ello: acompañada por un banjo maníaco, la voz de Gordon Gano desgrana una historia truculenta de un granjero que, desesperado por la pobreza, mata a su hija pequeña y luego se ahorca en el granero.



5. "Skeletons" de The Sound. De una de las bandas más injustamente olvidadas y poco reconocidas del after-punk británico, The Sound, selecciono este escalofriante tema de su segundo LP From the Lion's Mouth. En él, el malogrado Adrian Borlan nos asegura que "vivimos como esqueletos / sentimos como esqueletos".




4. "A Forest" de The Cure. Y no podían faltar los grandes triunfadores del rock gótico británico, The Cure. Si a los Banshees o a Bauhaus se les acabó el combustible creativo cuando la onda fría pasó de moda y los Joy Division pasaron como tales a mejor vida tras el suicidio de Ian Curtis, los chicos de Robert Smith gracias a su sentido de la oportunidad se pudieron reciclar en grupo pop, en ocasiones incluso de synth pop, con pretensiones discotequeras. No obstante, el tema que he elegido "A Forest" es de su mejor cosecha after-punk, un tema emblemático del rock gótico donde los haya.



3. "Frankenstein" de The New York Dolls. Los New York Dolls fueron, junto con los Stooges, grandes precursores de la onda oscura de finales de los 70. Y aquí está la prueba, Frankenstein, de su mítico primer LP autotitulado, un tema en el que David Johansen se desgañita pronunciando el nombre del monstruo creado por Mary Shelly mientras Johnny Thunder nos taladra el tímpano con delirantes solos de guitarra. Apocalíptico.





2. "Zombie Dance" de The Cramps. La verdad es que de Songs that the Lord Taught Us de The Cramps se podría seleccionar más de una canción para una banda sonora de una noche de Halloween. Pero me decanto por "Zombie Dance" porque no hemos tocado el tema de los zombies. Aquí habría que destacar la sonoridad de mazmorra que sacó el productor, nada menos que Alex Chilton, a los Ardent Studios de Memphis Tennessee, cuna del rockabilly. Eso y las caras de zombies de los miembros de la banda en la foto de la contraportada, especialmente Bryan Gregory.




1. "Bela Lugosi Is Dead" de Bauhaus. Y en primer puesto, una de las piezas más transgresoras y experimentales del after-punk británico, una pesadilla sonora dedicada a Bela Lugosi, el drácula del cine en blanco y negro. El tema, de más de 9 minutos, en los que se repiten obsesivamente los mismos acordes sobre un ritmo con reverberación de cripta, ni que decir tiene que fue rechazado por la mayoría de las discográficas y emisoras de radio de la época a las que Peter Murphy y los suyos consiguieron poner los pelos de punta. Quizá por eso el tema no fue recogido en ninguno de los LP en estudio de la banda. Ya se sabe: los temas desasosegantes no venden.



Happy Halloween!

jueves, 26 de octubre de 2017

MUERE FATS DOMINO, LA VOZ AMABLE DEL ‘ROCK & ROLL’

Diego A. Manrique 
El País, 25/10/2017

[Otro grande que se nos va. D.E.P.]

El cantante y pianista de Nueva Orleans facturó una formidable cadena de éxitos entre 1949 y 1963


Antoine Fats Domino falleció ayer martes en los alrededores de su ciudad natal de Nueva Orleans. El cantante y pianista, de 89 años, superó el desastre del huracán Katrina en 2005, cuando se inundó su casa y fue dado por desaparecido. Domino se había negado a ser evacuado por la salud de su esposa; debió ser rescatado en helicóptero.

Humana y musicalmente, debemos considerar a Domino como un genuino producto de Nueva Orleans. Nacido en 1928, la suya era una familia humilde donde se hablaba el francés de los criollos de Luisiana y se practicaba la música con instrumentos que pasaban de padres a hijos. Todavía menor de edad, Antoine decidió tocar su piano profesionalmente sin renunciar a su trabajo de día. En honor a su corpulencia y en recuerdo del recién fallecido Fats Waller, le bautizaron Fats Domino. No tenía complejos respecto a su obesidad; de hecho, su primer éxito, de 1949, se titulaba The Fat Man (es decir, El gordo). Había sido fichado por el sello californiano Imperial Records y formó tándem con Dave Bartholomew, trompetista y productor que le ayudaría a componer muchos de sus primeros éxitos, aunque luego rompieron.

La fórmula era sencilla: boogie woogie ralentizado, blues acelerado, todo cantado con calidez y picardía en píldoras de dos minutos. Domino supo rodearse de sólidos instrumentistas –Alvin Red Tyler, Earl Palmer, Lee Allen- que definirían el sonido del rhythm and blues de Nueva Orleans durante los años cincuenta. Se grababa en el estudio de Cosimo Matassa, un local que –lo mostraba la serie televisiva Treme- es ahora una lavandería.

Fats había alcanzado una respetable popularidad regional cuando ocurrió el terremoto del rock and roll y la industria descubrió que aquella música, pensada exclusivamente para el mercado negro, podía ser vendida al gran público. No fue un proceso fácil para Domino: algunas de sus grabaciones fueron aceleradas para acercarlas al frenesí de moda. Aparte, todavía existía la segregación racial: su Ain’t That a Shame (1955) fue eclipsada en ventas por la versión descafeinada del vocalista blanco Pat Boone. Al menos, Elvis Presley sí reconoció públicamente que Fats era el pionero del “nuevo ritmo”.

El asunto de las apropiaciones culturales no le preocupaba a Domino: recordaba que su mayor éxito, Blueberry Hill (1956), era obra de un compositor de origen siciliano y, de hecho, ya había sido grabado por un paisano ilustre, Louis Armstrong. Llegarían luego impactos como Blue Monday (1956), I’m Walkin’ (1957), Whole lotta Loving (1958), My Girl Josephine (1960) y, en ese mismo año, lo que se convertiría en uno de los himnos de su ciudad: Walking to New Orleans.

Su buena racha duró hasta 1963, cuando abandonó Imperial por ABC-Paramount, una compañía más potente pero menos imaginativa. Cierto que Domino no era precisamente un artista flexible, que se pudiera adaptar a cualquier nueva tendencia: su repertorio tenía básicamente dos modelos, el Fats rápido y el Fats lento; ambos resultaban embriagadores pero los había explotado hasta la saciedad, como revela Out of New Orleans, la voluminosa edición integral de la etapa Imperial publicada por la compañía alemana Bear Family.

Fats funcionaba perfectamente como artista de directo y se refugió en Las Vegas. Resultó ser una mala idea: le gustaba el juego, perdió mucho dinero y pasó por apuros. El bajón de popularidad duró hasta finales de los años sesenta, cuando el rock adquirió sentido de su historia y comenzó el fenómeno revival. Los Beatles le reconocían como una de sus influencias; de hecho, le homenajearon directamente en Lady Madonna.

Ese fue uno de los temas modernos que registró para su gran disco de reaparición, Fats Is Back (1968), confeccionado por el productor Richard Perry con músicos de primera y un presupuesto generoso. Comercialmente, no pasó nada. Aunque Domino hizo algún otro álbum de estudio, volvió a vivir de los conciertos, sabiamente espaciados. Sin descuidar el glamour: viajaba con toneladas de trajes, zapatos y sus famosos anillos.

Hombre muy casero, pegado a sus raíces de barrio, procuraba no alejarse mucho de sus abundantes hijos, nietos y bisnietos. A partir de 1995, Domino abandonó las giras y solo se le podía ver puntualmente en escenarios de Nueva Orleans o circulando con su famoso Cadillac rosa.

Fue uno de los primeros veteranos en ingresar en el Rock and Roll Hall of Fame pero no acudió a la ceremonia. También evitó ir a la Casa Blanca a recoger la Medalla de las Artes. Fuera de los honores oficiales, en los vaporosos ámbitos de lo cool, su música risueña quedó opacada por las turbulencias vitales de coetáneos como Little Richard, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis o el mismo Elvis: no fue protagonista de escándalos.

Esa sensación de que no ha había sido tratado justamente se mitigó con la aparición de Goin’ Home: a Tribute to Fats Domino, un homenaje de 2007 donde treinta de sus canciones fueron recreadas por una multitud que incluía a la crema de los artistas de Nueva Orleans y superestrellas como Paul McCartney, Neil Young, Tom Petty, Elton John, Willie Nelson o John Lennon, presente con su versión de Ain’t That a Shame. De los demás participantes, bendito sea, Fats Domino reconocía no saber mucho.

miércoles, 25 de octubre de 2017

BELLE AND SEBASTIAN: LA DELICADEZA HECHA ARTE

Txus Iglesias
Muzikalia, 25/06/2017



Para las bandas británicas actuales, lograr acercarse o igualar (harto complicado el superar) a sus compatriotas de las décadas de los 60 y 70 puede resultar una faraónica labor aunque meritoria. Una de esas escasas formaciones que, por fortuna, se aproxima mucho a esa aduana etérea son los sorprendentes y versátiles Belle And Sebastian, indudablemente, uno de los cinco combos pop-rock con más calidad de los últimos veinte años.

Liderados por un introvertido genio llamado Stuart Murdoch desde Glasgow, el nombre de la banda es tomado de una novela llamada “Belle et Sebastien” de la escritora francesa Cecilie Aubry. La voz cuidadosa, cándida y almibarada del propio Murdoch será uno de los signos más reconocibles de la banda. Será costumbre en el combo poner delante un filtro de color distinto para cada una de sus artísticas cubiertas y añadir poses de gente (casi siempre mujeres), todo ello muy al estilo retro de la corriente Nouvelle Vague francesa. Durante la primera parte de su carrera, de 1996 a 2002 la banda tejió su amable nevada de seda y fueron desfilando una colección de álbumes extraordinarios e inmortales de lo que podríamos denominar “melancolía con ritmo”.



De ese modo, sus primeros trabajos, se deslizan tan variados y eclécticos como el encantador Tigermilk(1996) , el aclamado y paradigmático If you’re feeling sinister (1996), el premiado The boy with the arab strap (1998), el infravalorado Fold your hand child, you walk like a peasant (2000) y o la Banda Sonora Storytelling (2002) son las pruebas de dicha exquisitez con sus desnudas y profundas nanas para adultos que no han crecido. También son importantísimos, en la primera parte de su carrera, sus diversos EPs entre 1997 y 1998 con pequeños grandes zafiros, que satisfacerán otra vez, sin duda, las ansias auditivas a los sedientos fans que cada vez quieren disfrutar, descubrir y extraer más y más de las diversas modalidades de emotivo oro negro que ofrecen estos “indies” escoceses; verdaderos “Braveheart del Rock and Roll”.

La metáfora con ellos podría ser que cuando algunas mundanales nubes de odio se preparan para descargar, Belle and Sebastian cambian el clima a mejor para envolver todo con una revivalista y plácida llovizna policromática. Stuart Murdoch, Sarah Martin, Stevie Jackson, Isobel Campbell, Mick Cooke, Suart David, Richard Colburn y Chris Geddes no homenajean la zona más rocosa e impía de las personas sino su lado más endeble y confuso.

En mi opinión, es a partir de 2003, cuando se produce la mayor explosión de su prodigiosa variabilidad; ya apuntada en anteriores trabajos más minimalistas. Por lo tanto, es entonces cuando potencian y evolucionan su increíble aclimatación sonora a algo todavía mejor dentro de los planteamientos de la banda. Es lógica dicha mutación tras ocho años de su nacimiento y, por ejemplo, los arreglos y combinaciones de voces serán cada vez más complicados. Además, con ayuda de cuarenta músicos adicionales y la producción de Trevor Horn (ex-Yes), Belle and Sebastian facturan una obra en la frontera de lo colosal, siempre, eso sí, sin extraviar su sello habitual e incluso aumentándolo como es Dear Catastrophe Waitress (2003).

Le sigue el que califico simplemente como uno de los 100 mejores discos pop de la Historia como es The Life Pursuit (2006), el cual resultará su conjuro más hipnotizante y ambicioso; conquistando ya al público de Estados Unidos. ¿Influencias? ¡Todas! ¿Variedad? Totalmente equilibrada.



Este Rob Roy del pop and roll que es Stuart Murdoch, consiguió su perfeccionista propósito: una producción más inmaculada y mejor que los álbumes de la  parte inicial de su trayectoria.


¿Estaba, por entonces, definitivamente enamorando al mundo la imagen de Belle And Sebastian como músicos tímidos y novatos, recién salidos del conservatorio? El estrellato les grita a filas, por esa época, y las emisoras británicas repiten insaciablemente sus temas debido a la calidad que llevan demostrando progresivamente desde 1996. Al enlazar sublimes discos, uno tras otro, Belle And Sebastian se arrimaron, inexorablemente, al reino de la celebridad.

En 2005 había sucedió ya algo tan importante como que la revista The List les consideró como Mejor Banda Escocesa de la Historia por encima de míticas formaciones como Simple Minds, Franz Ferdinand, Jesus and Mary Chain, Proclaimers o Travis. Sus primeros y característicos Eps, se recopilarán ese mismo año en el CD Push barman to open old wounds.

Los relativos cambios de muy simétrica variabilidad desde 2003 con Waitress o Pursuit fueron para ir a todavía mucho mejor pero, por contra, la nueva vuelta de tuerca con Write about love (2010) hace que su sonido se resienta ligeramente, incluyendo la desacertada decisión de permitir que colaborara Norah Jones. Peor aún resultó la mutación Girls in Peacetime want to Dance (2015) que solo resultó afortunado a medias ni con una dirección global del todo nítida ni compacta; a pesar de que su mega-clase nunca la extravían.

Y es que con sus virtudes y defectos, la banda escocesa se ha hecho, merecidamente, un hueco histórico a la altura de los más grandes y siguen caminando hacia el “olimpop” de las deidades.